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	<title>Articles relacionats amb «Carmel» | Carrer</title>
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	<title>Articles relacionats amb «Carmel» | Carrer</title>
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		<title>“Yo tenía la barraca encima de este búnker”</title>
		<link>https://carrer.cat/article/yo-tenia-la-barraca-encima-de-este-bunker/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[fatmin]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Jun 2017 15:04:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[barraquisme]]></category>
		<category><![CDATA[Carmel]]></category>
		<category><![CDATA[habitatge]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A finales de marzo, en lo alto del Turó de la Rovira -en el lugar conocido como Los Cañones- y a iniciativa de la Comisión Ciudadana por la Recuperación de la Memoria de los Barrios de Barracas, el Ayuntamiento de Barcelona descubrió una placa conmemorativa para recuperar y reivindicar la historia de los antiguos barrios [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>A  finales de marzo, en lo alto del Turó de la Rovira -en el lugar conocido como Los Cañones- y a iniciativa de la Comisión Ciudadana por la Recuperación de la Memoria de los Barrios de Barracas, el Ayuntamiento de Barcelona descubrió una placa conmemorativa para recuperar y reivindicar la historia de los antiguos barrios que se levantaron en las zonas del Carmel y de Can Baró poblados a partir de los años cincuenta por inmigrantes que llegaban a Barcelona en busca de un futuro más esperanzador.</p>
<p>Frente a la placa se distingue un búnker que formaba parte de una batería antiaérea durante la guerra civil. “Aquí, encima de este búnker, teníamos nuestra barraca. Aquí estaba el comedor. Aquí el baño. Aquí….”. <strong>Paco González</strong> va señalando las distintas piezas que fueron adecentando, con alguna pequeña ampliación. Este espacio, de unos 35m2 lo compartía primero con su mujer, sus dos hermanos y sus padres y, más adelante, cuando éstos se fueron a un piso de alquiler, con sus dos hijos. Desde ahí se contempla una excelente panorámica inédita de 360 grados de la ciudad. “En uno de mis escasos ratos libres me sentaba con la gandula en la terraza y disfrutaba de estas vistas”. Hoy se ha convertido en uno de los mayores focos de atracción turística, algo que genera división de opiniones entre los vecinos.</p>
<p>Paco González (1939), nace accidentalmente en el barrio sevillano de la Macarena pero se cría y crece en Azuega, un pueblo de Badajoz, fronterizo con Andalucía. Muy pronto, a los 8 años, se pone a trabajar en un almacén y a los 16 se inicia en las tareas del campo. “Yo sabía labrar, sembrar y recolectar. Hacía de todo”. Apenas pisa un año la escuela, pero espabila y aprovechaba cualquier ocasión para instruirse: “En el campo, mientras un señor enseñaba a su hija, yo escuchaba y aprendía. Y cuando cuidaba ganado iba con mi catón -libro que se usaba para ejercitar en la lectura a los principiantes- y, cuando me encontraba un pastor o alguien que supiera leer, le preguntaba”.</p>
<p>A los 20 años, con su familia, toman <em>el sevillano</em> y, tras día y medio de viaje, recalan en Barcelona. Unos tíos les dicen que aquí encontrarán más oportunidades de trabajo y se hospedan en su casa del Guinardó. Pronto se dan cuenta de que no hay espacio para tanta gente y se trasladan a la calle Calderón de la Barca (el Carmel), “una vivienda sin suelo rebozado, en pésimas condiciones”. Trabaja en un instituto óptico, de tornero y matricero, mientras por la noche asiste a una academia para sacarse los estudios primarios. Al año siguiente cumple el servicio militar, primero en Madrid y luego en Canarias.</p>
<p>En una de las cartas que le envía su madre le cuenta que han encontrado un lugar en Los Cañones y que se están construyendo una torre. “A mi regreso, en 1962, me doy cuenta que de torre nada, que se trata de una barraca. Paso a paso fuimos adecentándola y mejorándola, pues al principio había goteras y nos mojábamos. Allí vivíamos unas cien familias sin agua, ni luz ni otros servicios básicos. Teníamos que ir a dos fuentes a por agua. De ese modo yo llené estos dos depósitos (señala el punto donde los instaló). Eso sí, lo poco que teníamos lo compartíamos. Los días de lluvia los caminos de acceso se convierten en un barrizal y cuando las fuertes nevadas las pasan canutas.</p>
<p>La biografía de Paco está teñida de sencillez, humanidad, solidaridad, tolerancia, lucha y generosidad. No tiene éxito con la escuela de adultos que monta en una barraca deshabitada, pero sí la tiene cuando en los años setenta entra en la Asociación de Vecinos del Carmelo y se crea la vocalía de barracas, de la que él se hace responsable. Coincide con el realojo de 123 familias en el polígono de Canyelles, propuesta rechazada por muchos barraquistas, que pedían viviendas más próximas. Es el líder natural de este sector de barracas, mientras Custodia Moreno lo es del núcleo de Raimon Casellas. “Una fuera de serie, porque nunca escatima esfuerzos para estar con los demás. Tendríamos que tener más Custodias jóvenes”. Un liderazgo que también se forja como miembro de UGT y del comité de empresa de Pegaso, donde trabaja hasta su prejubilación, a menudo con jornadas alternas de 12 y 16 horas, empezando como especialista de carretillas y terminando como oficial de primera.</p>
<p>En la vocalía de barracas lo tienen claro. Primero se trata de mejorar sus condiciones de vida. Por este orden logran que llegue la luz y el agua y que se instalen recolectores de basura y servicios en cada barraca. Y la segunda y principal reivindicación es lograr pisos para todos los barraquistas en el barrio, algo que se consigue en 1984 con la construcción de los “pisos verdes” en lo alto de la carretera del Carmel -allí vive él- y, más adelante, en Can Carreras (Nou Barris). “Hubo muchas manifestaciones y estábamos muy bien organizados. Nuestros planteamientos eran justos y realistas. Además, planteábamos el problema pero siempre con una solución”. Movilización y negociación iban siempre de la mano.</p>
<p>A principios de siglo recibe del Ayuntamiento la medalla de honor de Barcelona. Hoy, a sus 77 años muy bien llevados, aparte del cuidado de sus nietos y de seguir militando en la agrupación del PSC del barrio, se ocupa de lo que siempre ha hecho: ayudar a la gente, buscando soluciones dialogadas o tratando de arreglar, manitas como es, lo que se le presenta. “El Paco siempre anda con las herramientas a cuestas. Si hay que pintar, el Paco. Si hay que reparar, el Paco&#8230; Trabajando me distraigo. Siempre me ha preocupado la parte social de la gente”. Ni que lo diga.</p>
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		<title>Custodia Moreno: “Los barraquistas éramos tan pobres que lo compartíamos todo”</title>
		<link>https://carrer.cat/article/custodia-moreno-los-barraquistas-eramos-tan-pobres-que-lo-compartiamos-todo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Néstor Bogajo]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 01 Mar 2015 01:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Can Baró]]></category>
		<category><![CDATA[Carmel]]></category>
		<category><![CDATA[Dones]]></category>
		<category><![CDATA[memòria]]></category>
		<category><![CDATA[moviment veïnal]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hubo un tiempo en que Barcelona no era una marca, ni una ciudad olímpica, ni siquiera un congreso de móviles. Hubo un tiempo en que Barcelona olía a puchero, a maleta de cartón, a barraca. Es decir, a miseria. Memoria viva -que no institucionalizada- de aquellos años es Custodia Moreno, vecina del barrio del Carmelo, [&#8230;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Hubo un tiempo en que Barcelona no era una marca, ni una ciudad olímpica, ni siquiera un congreso de móviles. Hubo un tiempo en que Barcelona olía a  puchero, a maleta de cartón, a barraca. Es decir, a miseria. Memoria viva -que no institucionalizada- de aquellos años es Custodia Moreno, vecina del barrio del Carmelo, activista vecinal y barraquista. No se confundan: la fragilidad física de esta mujer de 72 años, con su muleta a cuestas y sus implantes de metal en el cuerpo (“parezco la mujer biónica”, bromea) esconde una fuerza de carácter que le permitió sobrevivir a la dura vida en una barraca durante veinticinco años, sacarse la carrera de enfermería y, de paso, tener hijos y luchar activamente por una existencia digna para los barraquistas del Carmelo. Por todo ello, a Custodia, en verdad le cuadra el nombre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Atardece. Estamos en la cima del monte Carmelo, tal vez la mejor vista de la ciudad, un excepcional mirador de 360 grados desde el que se dominan todos los rincones de Barcelona: de las chimeneas de Badalona a Montjuïc, del Tibidabo a Canyelles. Aquí, durante la guerra civil, se emplazaron búnqueres armados de cañones (“aunque nunca dispararon un tiro”, ironiza), que más tarde sirvieron de base para las barracas que luego construirían hombres y mujeres venidos del resto de España. Gentes que huían de la miseria o de la represión política. O de ambas a la vez. “Llegamos de Granada en 1947” -recuerda- “y nada más llegar sufrimos la primera decepción: en Barcelona teníamos unos amigos, que se encargaron de alquilarnos un piso en Gracia. Cuando llegamos, vimos que estaba ocupado por cuatro familias más. Lo que pasaba es que a cada familia le alquilaban una habitación ‘con derecho a cocina’, como se decía entonces”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La familia Moreno era humilde, pero en Granada al menos vivía en su propia casa. Entonces los amigos (“a los que nunca podremos agradecerles todo lo que hicieron por nosotros”) se ofrecieron para acogerles en su propia hogar, en el perdido e inaccesible barrio del Carmelo. “Y resultó ser una barraca”. Allí vivieron hasta que, al poco tiempo, quedó libre otra barraca cercana, por la cual pagaron “una barbaridad”: trescientas pesetas de aquel entonces. Algo que deja a las claras que para más de uno la inmigración fue un auténtico negocio. “Se dieron cuenta de que construyendo barracas para los recién llegados se hacía dinero. Además, la montaña entera era propiedad de familias importantes de Barcelona, que nada más olfatear el negocio empezaron a parcelar y vender el terreno”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Custodia vivió en esa barraca hasta 1972, año en que se casó. Una barraca era, en esencia, una habitación única donde convivía toda la familia -en algunos casos, hasta doce personas- y donde había la cama plegable, el fogón de petróleo para cocinar y la jofaina para asearse &#8211; “primero nos lavábamos la parte de arriba del cuerpo, luego la de abajo”, recuerda-. Y que, desde luego, carecía de los mínimos servicios básicos: ni luz, ni gas, ni agua corriente, ni alcantarillado. Por no haber, no había ni contenedores donde depositar la basura. “La primera lucha que hicimos en la calle fue para conseguir contenedores. Tuvimos que cortar la carretera del Carmelo, apilando bolsas de basura hasta formar una montaña de más de cinco metros de alto”, explica. La represión entonces era feroz, y la policía -los famosos <em>grises</em>&#8211; no tenían escrúpulos en aporrear y detener a mansalva. “Para reivindicar cosas para los barrios, lo primero que tuvimos que hacer fue sacudirnos de encima el miedo”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, pese a las penurias, recuerda aquella vida con cariño: “dormíamos con las puertas abiertas y como no teníamos nada, lo compartíamos todo. Y los vecinos eran de un combativo impresionante. Además, allá arriba en la montaña, con la vista y los pinares, éramos los reyes del <em>mambo</em>”. Precisamente está en marcha una iniciativa para reivindicar la memoria de las barracas -de las que llegó a haber más de seis mil en toda Barcelona-, en la que está implicada una Comisión Ciudadana de la que forma parte Custodia. Entre las acciones que se llevarán a cabo, está la colocación de placas conmemorativas en los principales barrios barraquistas: Somorrostro, Campo de la Bota, Montjuïc, el Carmelo, Poblenou, la Perona, la Prosperitat.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue a partir de la década de los setenta cuando, a fuerza de luchar, los barraquistas fueron alcanzando sus reivindicaciones: llegaron la luz, el agua y las alcantarillas. Y también el autobús, rompiendo así el secular aislamiento del Carmelo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta se consiguió que el Ayuntamiento construyera viviendas dignas: Los que no quisieron abandonar el barrio se alojaron en los llamados <em>pisos verdes</em> (por el color con que decidieron pintarlos los vecinos), en el sector conocido como “Ramón Casellas”. Los demás fueron reubicados en Canyelles y en el Paseo Urrutia, en la Guineueta. Precisamente, el único momento en que su voz firme se quiebra por la emoción es cuando relata cómo se sentían los barraquistas al acceder a un piso: “Una vecina me dijo: es la primera vez en veinticinco años que mi marido y yo vamos a tener una habitación para nosotros solos, y lo mismo nuestros hijos. ¿Tú sabes lo que es eso?”.</p>



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